MuseoPaseo. PaseoMuseo. ¿Vienes? Hoy, versión Retina Retén.

No en todos se permite la captura de los momentos mediante fotografía. Pero pasear un museo, siempre consigue un ‘Retina Retén’, porque el click a la cámara se ejecuta cuando ya entra en ojo, y entrado en ojo, retenido en retina. Así, pese a no  tener ‘material’ gráfico para mostrar, me gustaría compartir con palabras fotografías que no se hicieron. Arrancar mis retinas y dejarlas aquí, si te apetece verlas y lo que contienen.

Diríase que, entrar conmigo en un museo, puede convertirse en un proceso lento donde las horas pasaron. Eso dirá el reloj cuando recuerde que existen. Y ni así se hace un pasearlo íntegro en una vez. Lo expuesto, colgado o colocado, trasciende el alto por ancho. La colocación, construcción de ese pasear, se suma al ralentí del tiempo que solo después recordaremos que existe. Pero ca! Esos momentos como columnas de estación de tren en Inglaterra, contra las que lanzarse para penetrar, a lo Harry Potter, en la línea espaciotemporal, si bien no garantizan que nos salgan las canas y la gravedad ejerza su fuerza, alimentan un mantenimiento de ilusión infantil, sinónimo de capacidad por sorprenderse y acrecentar la curiosidad y el gusto por las maravillas.

La Casa De Iberoamérica, en Cádiz, acoge una parte viajera de la exposición campamento base en El Prado, ‘Los Objetos hablan’. Tras estar en Zaragoza, Girona, Lleida… aterriza en Cádiz, en un entorno de piedra ostionera que conserva sanos los muros de un edificio al constante contacto con el aire salino del mar, la lógica funcional de una arquitectura tradicional que utiliza los recursos de la zona sabiendo que son los que resisten porque se hicieron en el lugar. Salgan extasiados y necesiten acercarse a la calle Vendaval, su parte trasera, donde el viento acerca el horizonte marino. Hay una pequeña pendiente de suave asfalto que te dirige a un círculo dibujado en él, aunque el carril bici lo pisa un poco, colocarse en el centro y mirar al infinito ayuda a retener en retina lo que se visitó en el interior.

Pero entremos, luego redirigimos los pasos a ese atrás.

La Santa Faz, de Amiconi, se encarga de recibirnos. Aunque no. La construcción que hicieron del paseo, coloca a Goya en el plano frontal a nuestros pasos. Un Cardenal Borbón, envuelto en ese rojo Goya, que mirado de lejos parece levitar en el círculo sombra que pintó a sus pies. El brillo de un sello en el dedo, sello cardenalicio que brilla. Como el oro de sus medallas al cuello. Así, es El Cardenal Borbón quien, sin ser el primero en el orden, adquiere el papel de recibirnos. Sabemos que estamos entrando en algo grande. Su levitar acabará convirtiéndose en significativo. Acercarse a observarlo, ya que dice hola como anfitrión, es obtener la información de una distorsión en cercanía. Ves las pinceladas, se antojan erráticas, caprichosas, sin embargo, crean ese vello en la cara, ese velo sobre el hombro izquierdo, los ojales y los botones de una vestimenta en ese rojo Goya. Y nace el momento en que visualizas al autor, pintando la distorsión del cerca necesaria para el vislumbre en el lejos de esas pinceladas nada erráticas, certeras e indispensables. Goya pintando pegado a un lienzo que visualizaba en su lejos. Momento! A sus pies, los de autor en tierra regalándonos un levitar, Maestro Goya, a sus pies. Un acúmulo de pigmento blanco irregular, el brillo concreto y correcto y realista en un sello cardenalicio que besar.

Es en este alejarte para ver, ahora sí, de nuevo en el lejos, que te sitúa de nuevo en la entrada ordenada. Queda a la izquierda, Amiconi. Giro de cabeza para ver la cabeza. Tus pies en el caminar hacia atrás se recogen en cómo llaman la atención los pintados en el margen inferior izquierdo del cuadro. Y si los usas, compruebas que la impresión del azul en el cuadro está viva en el moverte, porque los focos que la iluminan generan cambios de intensidad en las alas de los ángeles. Tú te mueves mínimamente y la dimensión del azul sobresale en el blanco de unas alas que no parecen reposar sobre una superficie.

Pasos lentos que dan tiempo a los ojos a respirar. Guía inteligente de quien realiza la ingeniería de exponer, porque se nos parará la respiración ante El Charlatán Sacamuelas, de Rombouts. Un apunte he de hacer, eso sí. Si visitas la sala con niños, hay que tener en cuenta que el foco crea un destello que elimina la  cara del sacamuelas de su visión, así, los niños de poco más de un metro de estatura, no pueden sentir esa perturbación de un rostro ajeno a todo el dolor que está provocando. Ayudarlos, aunque sea de a poquito, a encontrar ese rostro, abre una puerta inmensa a una sensación que no estaba para ellos. Colocar nuestros ojos a su altura, buscar pegaditos a ellos hasta que digan: Ahora! lo veo! Redios! y el cuadro se ofrece más allá de lo pintado y el disfrute de su exactitud. Hemos pasado con ellos a la visión emocional, la que perturba en el estómago, la que pulsa como mensaje en esas cuentas de collar que son muelas colgadas. ¡Cuánto dolor en ese colgante! y sin embargo, esa expresión ajena o acostumbrada. Acostumbrado a dar dolor… La superficie ultraplana de la mesa, de pincel acariciando en pátina uniforme, maestría de aplanar para elevar en la dimensión, refuerza la sombra y así, el realismo del cuadro en su zona central. La luz del hombro desnudo de la ‘víctima’, la mano rígida, enfrentada al relajo en cara de quien amarra así, como zarpa, en el hombro que queda en sombra. El cuello de ligamentos y tendones en máxima tensión de uno de los ‘observadores’ de la escena, el pelo de este mismo observador, dibujado que se siente lo débil de su composición, pelo fino de persona semianciana, minúsculos puntos de color ocre que nos hablan de un cinturón de piel con ornamentos metálicos bronce, sutilezas de ‘relleno’ que llenan el todo de cada cuerpo. De izquierda a derecha, la linealidad de nuevo sutil de un rojo que hace el camino con nosotros, un rojo de diferentes intensidades, en la parte baja del cuadro, un rojo que nos pone en el dolor. Mangas de una camisa, siguiente en el chaleco, siguiente en el lazo con el que maniatan a la víctima a la silla de madera, el pañuelo con mancha rojo, esta vez sí, intenso, sobre la mesa… paseo sangre en un dibujar el dolor. En el otro extremo, el margen derecho, lo pulimentado de una coraza metálica que lo es en el justo detallar toques de luz sobre ella.

Así se nos ofrece Rombouts, que mirar a José del Castillo y su Dos muchachos, uno solfeando otro tocando el violín, y cómo choca en el mirarlo un viento capaz de doblar las ramas de los árboles pero no mover los cabellos largos de los muchachos, se convierte en reposo de esa perturbación intensa dolidas las encías y la marca del sacamuelas sujetando nuestro hombro cual garra.

En este pasear, como es de momentos, igual estropeo parte de ese camino trazado en la elección del orden de quienes dirigen la exposición. En realidad, cada uno realiza su propio caminar entre esos pasillos, no creo que siempre seamos conscientes de todo el trabajo que apenas apreciamos por quedar oculto en la etiqueta del ‘colgar cuadros’. A mí me gusta imaginar cómo será esa preparación de la historia que generan en su diseño, esos juegos de elegir qué, dónde, cómo, y los imagino con la alegría del que coloca los regalos en la noche de reyes, sabiendo lo que cada caja contiene y deseando contagiar ese entusiasmo. Juegos secretos ideados para dar satisfacciones múltiples a nosotros, los ‘extraños’ que luego recorremos su hacer; su hacer que es para nosotros.

Detenerse ante La Dama del Abanico, Alonso Sánchez Coello, es admirarse primero de la belleza que golpea desde ella. Un pintor que no deja el mínimo detalle, repeticiones incansables de los estampados ornamentales en la ropa de la época, la curvatura sin pérdida del dibujo y su realismo en los encajes… y sin embargo, su arte se hace en la generosidad de que el primer impacto de belleza sea dedicado a la hermosura de una mujer, cabello recogido, mirada y semiperfil intenso y suave.

A su lado, en ángulo, porque La Dama del Abanico ocupa  una esquina de pared; en la continuación, Isabel de Francia Reina de España, de Pourbus. Una niña. Una niña bajo todo el protocolo. El mismo protocolo que se siente pesado en cómo no le falta nada a lo que la viste, ni a las joyas que la adornan. Miras a Isabel y el reojo pellizca con La Dama del Abanico. Están tan próximas en la colocación y sin embargo, es detalle que ocupan un ángulo. Colócate justo en esa línea imaginaria que sería continuar la esquina. Camina sobre ella, de espaldas, sin dejar de mirar hacia el frente y… voilá! el momento. Isabel de Francia, Reina de España viaja sin moverse a La Dama del Abanico, en la que se refleja por detrás, se solapan sus ojos, sobre todo, al menos en mi estatura. Porque La Dama del Abanico  e Isabel de Francia posan igual, sus miradas son tan similares, que ya se te avisaba sin decirte al mirar a la una después de la otra, y la generosidad de los arquitectos de esta exposición, guardaban la maravilla  del solaparse, como truco de magia de un caminar sobre la línea imaginaria que transforma en una a las dos. Mi más sincera admiración por estos artistas que colocan cuadros de artistas haciendo arte en las sombras, alegría a las bambalinas les llegue. Un Ole por ellos sí o sí. (La percepción de un trabajo en la totalidad acoge sin duda a los trabajadores sin rostro ni firma, iluminan las obras en luminosidad y en encajarlas en el marco global de una sala con sus dónde, cómo, qué; son sus pinceladas en el cerca que se hacen historia en el lejos, como Goya. Insisto, mi admiración en ellos)

Pasas junto a un Sorolla que huele a mar Mediterráneo en lo que reconoces de sus usos del color, personalmente me llamó la atención los golpes de pincel que me llegan agresivos en la falda de la mujer, en lo que le construye su regazo. Pasarás también junto a un Zurbarán del que reconocerás los colores pero, igualmente a modo de impresión personal, sorprenderá lo plano que resulta un autor que saca a sus obras de todo marco a través de esas sombras que ofrecen volumen. Y este pasar por dos nombres de tan nombre así, se me antoja rico porque, porque nos estamos maravillando en obras sin fijarnos en el nombre de quien las firma, algunos incluso será la primera vez que veamos algo suyo, al menos yo, pero no la última que deseemos.

Te detienes en la pared derecha, ante una escena en la que una niña juega a salir disfrazada con antifaz de detrás de un biombo. Su madre y otra mujer la observan. Detrás de ellas, una mujer de espaldas nos enseña en su mirarse en un espejo. Todas las caras son difusas, la mujer reflejada, las dos mujeres que miran a la niña pero desde el movimiento de estar haciendo otra cosa, la niña y su antifaz. Excepto la criada, que, escondida tras el biombo donde ayudó a vestir a la niña en su juego, sí tiene un rostro que mira hacia el suelo, sabiendoo que su parte en la escena, no pasa de ese detrás donde está, termina en el ayudar al juego, y esperar. Escena Familiar, de Francisco Sans Cabot.

Empiezas a mirar el siguiente, Archiduque y su Hermana, y el viaje real se hace en el arte de la iluminación. Los focos nos enseñan los dibujos de esos cortinajes, que se van encendiendo y oscureciendo acompañando nuestro  progresar de pies y ojos. Frente a él, en la enormidad de sus dimensiones, dos niños y un detalle: la estola de piel, margen inferior derecho, se difumina como en un efecto fotográfico. Es un cuadro pictórico con técnica fotográfica. Es un cuadro que refleja la unión de pintura y fotografía, cuando en la época, fotografiar era pintar y ni imaginar la posibilidad del uso de lentes.

Te giras y a tu espalda queda otra hiperdimensión aristocrática. La primera vez que estuve, no lo miré apenas. La razón: a su lado, en la pared con la que se angulaba esquina, un pequeño cuadro (al lado de, es pequeño en tamaño) captó toda mi atención. Así, respetaré mi primera versión aunque luego, sume la perspectiva de una segunda visita. La primera, como digo, fue pasar a Autorretrato, de Carlos Mª Esquivel. Con la magnitud del noble cuadro acompañando en la izquierda, mis ojos hipnotizados por ese autor que mira desde su obra. Te mira. Uno de esos momentos frente a él es exactamente eso: Te sientes mirado mientras miras que pintó su mirarte para que miraras, y a la vez, es su mirarse. No sé el tiempo que pasé delante de él. Recrearse en cada milímetro, en cada sensación, el verde que lo ensombrece por la derecha y a la vez es tan punto de luz, suave, aterciopelada, de verde oscuro que ofrece calidez. Cómo los paginados de los libros ofrecen el ajado de un uso, el tacto llega a tu tacto, el de páginas que se tocaron mucho, el de libros que se abrieron para verse y leerse mucho. Las tonalidades más oscuras en tonos marrones que los pinceles tienen en la base de las cerdas, justo en el lugar donde se unen con la sujeción metálica que los coloca en el mango de madera. La gotita de luz en un frasco de pintura abierto, la sombra de su cara que ofrece luz a todo y es reflejo de la luz inferior. El tratado de Anatomía Pictórica, obra de su padre, Antonio Esquivel, también perteneciente al Museo del Prado, y que Carlos Mª reproduce en su autorretratarse, junto a un cuerpo escultura de mujer tallado en piedra. Y qué verde. Y qué difícil separarse de esa mirada que te convierte en espectador de un espectador que te observa.

Así, el retrato en su grandiosidad de Martín Álvarez de Sotomayor, en los pinceles de Agustín Esteve, resulta estar cuajado de ojos (detalle al que acudo para saludar y abrazar al trabajador de la sala que me preguntó si me había fijado en ellos y, creyendo que se refería a los del hombre, reconocí no haber prestado excesiva atención porque me la robó toda el autorretrato próximo. En la tercera visita, si coincido con él, será genial compartir lo que hayamos encontrado de información al respecto). Ojos son los adornos en el ribeteado de la levita, en los largos de talle y en los puños, bolsillos. Ojos adornan sin ser evidentes, pero cuando ves uno, aparecen todos, se multiplican y hacen esa sensación un tanto extraña. Ahora, pienso en lo curioso de haberlos tenido a mi izquierda, observando mientras era incapaz de retirar los míos del autorretrato de Esquivel. Es tan enorme, te coloca en una postura tan pequeña, que, esos ojos multiplicándose, producen aún más efecto de grandiosidad y empequeñecimiento. Gracias de corazón al personal de sala, paseantes por contrato que saben disfrutar del entorno laboral que tienen. Gracias por hacer la visita, esa mañana, especial.

Se hace continuación una evolución del acto de comer. Bodegones de personas y alimentos y luego, eliminación del elemento humano dando protagonismo a la comida y a su colocación. Una vez te adentras en la zona, un echar la vista atrás casi al entrar, y aparece juego de similitudes, lo humano y lo divino, mundanos y santos, en común, el colocarse ante almuerzos. Cenas santas y campesinos que degustan frutos, pescados que brillan como recién sacados del agua, melones calados que, según me dijo el trabajador de sala, simboliza la venta de una criatura joven que queda en segundo plano en la pintura.

Ignacio Arias es autor de un bodegón mimado en el respeto a la iluminación, a su iluminación, exactamente el mismo ángulo de pendiente de margen superior derecho a margen inferior izquierdo, un óvalo sin ovalar ni existir más que en el efecto luz destacado por cómo pinta las sombras, y los focos, realzando. Impresiona la naturalidad, logra hacerse una escena que casi tocarías.

Y ahí, Andries Benedetti. Una mesa puesta. Limones, algunos pelados, otros a medio pelar. En el hecho de esta diferencia, se aprecia tanto unos como otros. Crees que es imposible conseguir que casi huela a cítrico mirando el pelado, y te sorprende con el aroma a piel desprendiendo jugos en el pelarse del siguiente. Este cuadro, enorme también en dimensiones, te sienta en la mesa y diría, te coloca en ella como parte del alimento a degustar. Detalles tan mínimos, algunos casi inapreciables a la vista si es rápida, estar frente a él invita a lo que escenifica… sa-bo-re-ar-lo. Así, sucede que aparece una copa sin llenar del todo, que en principio no sabes dónde acaba porque dibujó el cristal y un cielo en el fondo, pero! una pequeña línea llega al ojo y avisa, aquí sigue el cristal… Una copa de nuevo, abandonada en un detrás en el margen izquierdo de la pintura, en un lugar de muchas sombras, que agradeces no haya dado por invisible. Puede que parezca que no hay nada, y sin embrago hay una copa, y esa copa además, tiene contenido. Momento magia en un objeto metálico que refleja, y el reflejo lo dibuja, y lo miras y por instinto miras en su frente, buscando esas ventanas que Benedetti pintó y que, evidentemente no están. Benedetti pintó un reflejo del fuera de campo y consigue que creas que estás en ese fuera de campo, olvidas que miras en una sala cerrada, donde el cielo de su fondo y las cortinas, también son pintadas.

Diana en un paisaje, de Val Loo, Bartolomé Murillo firma una Inmaculada Concepción, las lunas, las diosas, las divinidades. San Juan Bautista, de Mignard. Arquímedes, por José de Ribera. Y caída de mandíbula en un oscuro que transparenta. Godfried Schalcken, Anciano leyendo  la luz de una vela. Pues! un cuadro completo que te enseña que lo es en el hacer todo lo que no se ve y en cómo, eso que no se ve, hace lo que sí y, además, lo hace resplandecer aún más. Esa llama de vela, ilumina por sí sola toda la pared. El papel, transparenta sus líneas escritas por el efecto de la vela. Maestro Schalcken, éxtasis de luz no luz en su saber hacer. Una bestia.

Leer la jaculatoria, una partitura para violín, flauta y clarinete, ‘Bendita sea tu pureza’ en los pinceles de Alejandro Ferrant. Admirarse de pensar en la cultura comic viendo el Estudio del Pintor de Ignacio León y Escosura. E ir llegando al final, donde caminar despacio sabe a rico porque das tiempo a que todo se te componga en los ojos y surja el último momento antes de abandonar el Lugar. Tienes la puerta abierta a un jardín exterior con una libélula gigante haciendo compañía en el sentarse a reposar. Desde ahí, un poco adelantado, en el centro de la entradda a la última parte de la exposición, a la izquierda, asoman Antonio Ugarte y su esposa, Mª Antonia Larrazabal, retratados por Vicente López. En la esquina una vitrina. Y en la otra pared un espejo. Pasa que si permaneces de pie, ahí, mirando ese esquinado y observando a los visitantes pasear, en algún momento ellos se hacen dentro del retrato del matrimonio por efecto del espejo. En el espejo se crea un retrato de Antonio  Ugarte y Mª Antonia Larrazabal que se pinta, por el azar y la coincidencia de una persona mirando y un espejo que recoge y devuelve, a una tercera persona componiendo ese retrato. Mo-men-to! Guinda delicia a un final de visita, que si bien no permitían fotografiar, permanece en retina retén.

Destacar un hecho delicia también. En la primera visita, Antonio Gomar quedaba desaparecido de su retrato por la iluminación que le dieron. Quiso un acccidente (pregunté si habían modificado la iluminación y me explicaron la anécdota, sin duda, especial visita en compañía de quienes velan por la seguridad y el buen hacer de la sala) que ese foco se estropeara y así, se corrigiera el destello. Ahora podemos ver a Antonio  Gomar, sonriente en su retrato, y los cuadros apoyados en el fondo, que nos hablan de la dedicación de quien nos sonríe y vemos, ahora sí, en un lienzo sobre una pared.

Bien, ¿hace un poco de horizonte desde el círculo asfaltado? Venga, salgamos a la calle. 😉

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