Las no palabras

Si hubieras ganado el viaje de tu vida.

Como la campaña de Unicef que “invita” a la reflexión sobre el “estado” de los refugiados.

Asertividad y empatía. SOSenred

Los mismos destinos en diferentes destinatarios.

Un niño se vive. Vive el que esté siendo el viaje. Su vida. Viajarla. Etapas que llegan y que han de superarse. “Como los niños de los campos de refugiados que salen en las imágenes”, dice. Y sí. Que utilice el “como ellos” podría ser analizado.

Se asemeja, igual no en situación (no del todo), pero sí en la persona. Niños se reconocen niños.

Esas etapas “vitales” que han de superarse, las asemeja, en las diferencias que existen, pero en las similitudes “vitales”, de nuevo. De vivirlas. Vivirse.

Hablamos casi sin pensar, dando por hecho que es inútil pensarlo, como si se tratara de una ley que la historia y el devenir nos coloca inamovible, del círculo, de lo cíclico de los acontecimientos. Así, podría imaginarse lo que las experiencias de los niños en los campos de refugiados, dará como resultado. O no. Tal vez no. Entonces, ¿dónde situar el inicio del proceso cíclico?

Igual es la transmisión de la experiencia. A este niño que se vive, que lo hace en un lugar del planeta más o menos tranquilo, en esa comparación de ponerse en la igualdad de niño con esas criaturas que ha visto en un campo de refugiados, se le da una posible respuesta:

-Los niños, la cabeza infantil, busca siempre un mecanismo. Funciona el cerebro buscando entender, es la curiosidad que nos mueve. También nos mueve casi en inercia el entender, comprender, para asimilar de la mejor manera. Pero, tener cerca a quienes dejando libertad en esos mecanismos, “vigilen” no se conviertan en dañinos, es importante.

Igual es la transmisión. Uno aprende con odio y crece en el odio y en la frustración y en la rabia, y vive en el odio y la frustración y la rabia y el círculo no ceja de girar. Los pasados y los presentes transmitidos, sin esa autovigilancia de un futuro que intente romper esa inercia, siempre será excusa para lo cíclico de los acontecimientos. Qué hacemos y qué no, cómo lo hacemos y cómo no. Se estudia que los niños aprenden tras el aprenderse individuos, a hacerse hueco en el grupo de individuos. El Yo previo que luego ha de trabajarse para ser un Yo empático. Pasa que no siempre los adultos nos movemos en los pies ajenos. Pasa que pisamos. Y pisamos en un camino propio pero, también, pisamos caminos. Aprovechar y no soltar la cuerda que tiende esa frase de similitud en lo complicado de una circunstancia, salvando sin salvar las distancias de los destinos en los diferentes destinatarios, como la campaña de Unicef, países que visitar como turistas, países idílicos a los que acudir en busca de belleza, a donde otros han llegado huyendo y en donde las fronteras les tachan las imágenes de los catálogos de agencias de viaje, no les tocó como premio, si compraron el billete. Caminaron hasta ella. En el viaje lingüístico de un niño que siente en su interior el momento complicado a superar y se acerca, imaginaria y realmente, a la realidad interior que los hace iguales, en la diferencia externa. Igual es momento, ése, para unos y otros, todos uno, empezar a construir una circunferencia diferente.

Un señor se vive. Se vivió en el viaje de su vida, de hacerse. Un señor al que el Alzheimer ha borrado los recuerdos. Y una se pregunta, dolorosamente, sin esa memoria, cuando la edad en tiempo ya nos pone en una escasez de futuro, si es una trampa o una oportunidad. La memoria, no sólo cantidad, también en forma. Los cómo a los qué. Enlaza con qué hacemos y qué no, y cómo lo hacemos y cómo no. La memoria, esa transmisión recibida en lo que aprendemos, que es memorizar, sea en la forma que sea, pero cómo importa la forma en que es.

A una se le cae una lágrima pensando en ese señor al que la enfermedad le ha borrado el viaje, aunque el viaje no dejó de estar. Y esos niños que están haciendo su viaje y a los que la memoria empieza a construírseles. Y sin embargo, piensa en si lo cíclico de los acontecimientos, esa excusa para que parezca que no aprendamos del daño que nos hacemos, no hable de que ese señor al que le diagnosticaron una enfermedad, no sea más que eso, una persona con diagnóstico entre todos nosotros, que sin diagnosis, nos comportamos igual. Desmemoriados, con un viaje que no sólo no deja de estar sino que compartimos, y el cómo lo compartimos, alimenta al virus. Huéspedes y parásitos de nosotros mismos, más listos que ningún antídoto porque lo esquivamos. Y le llamamos historia cíclica.

Una recibe las imágenes del niño que, salvando las distancias, se suma en la similitud interna de la mirada, la del niño que reconoce a otro niño, en los ojos. En una tienda de campaña aprenden la maravilla del universo, el sistema solar. A una, la memoria trae a la mente capítulos de libros, que también son billetes en el viaje de hacerse. La casualidad de dos autores, José Luis Sampedro y Ana María Matute, que, en la ya etapa madura de su viajar, redactan el recuerdo de haber aprendido a amar metidos en una especie de tienda de campaña. Allí dentro compartieron destinos. Viajando sin salir de una tienda de campaña. Quedó en su memoria esa escena, como quedó en la mía la lectura de ella. Pero también, quiere la memoria que una recuerde a Primo Levi. Porque en tiendas de campaña es que permanecen los niños del campo de refugiados, donde ha llovido y la tierra se hizo fango a su alrededor. Y una, solapa los planos de ambas imágenes. El niño, los niños que dentro de una tienda de campaña están aprendiendo a admirar el universo, en una recreación de bóveda galáctica, eso que nos queda arriba, tan arriba y en la que somos tan minúsculos. Y el plano de otras bóvedas, las de las tiendas de campaña que improvisan el techo básico que resguarde a criaturas de la lluvia y el frío, quienes la tierra que pisan la notan humedecida, enfangada. Y los dos planos están en el mismo sistema, el solar. Y los dos planos están en el mismo sistema, el de los acontecimientos cíclicos. Como las órbitas de los planetas. Como el ciclo del agua que la hace sernos lluvia.

Así, mirarnos. Si nos rodea en lo global lo mismo. Si sustentamos nuestro caminar en la misma tierra. Si la maravilla nos es para todos, como también el barrizal. Mirarnos. La cuerda tendida en cómo los niños se reconocen entre sí, mirándose, hacia dentro.

Sala de espera. Paraíso Inhabitado. Si esto es un hombre. Ante el dolor de los demás. Billetes de un viaje que entiendo una especie de premio. Como la campaña de Unicef. Lenguaje literario y lenguaje visual. Un destino. Todos los destinos. Ventanilla de habitáculo. Habitáculo con asientos compartidos. Habitáculos de recuerdos, nosotros.

Una redacta, así, aquí. Sentada en una silla, cuatro patas y respaldo. Tecleando en una máquina, elemento tecnológico. Habitáculo. A todos nos pasó alguna vez que, en el viajar, nos cedemos a la vista del paisaje. Recorremos y miramos lo que sucede en esa tierra que va pasando. Un ligero esfuerzo de cristalino, y el cristal de la ventanilla te recuerda que estás ahí, lo hace en un minúsculo reflejo. Qué y cómo, qué no y cómo no. Mirarnos.

La batería está agotándose. Destino, casualidad en el momento este de escribir. Un movimiento, un apretar un botón y se hace la energía. Eso aquí, en esta mesa frente a esta silla, en esta máquina tecnológica. Otras baterías se agotan y no encuentran dónde recargarse. Mirar, mirarnos. Aquí, ahí. Misma bóveda planetaria. Mismo barro. Diferentes bóvedas. Mismo sistema. Mirarnos. Reconocernos en lo que nos hace similares. Cuerda tendida.

Primo Levi no borró el número que le tatuaron. Una enorme conquista en un ser humano, mirarlo, no olvidarlo, y mirarlo reconociéndose a sí mismo. Y como él, nombres, frases… construye el mundo que querrías para ti, construye en ti el mundo que querrías vivir… Gandhi. Los nadie, Galeano. La nada, Pessoa. Berger, Wolfe, Beauvoir, Sartre, Cioran. Y así… billetes de un viajar, diferentes para similares destinos. Destinatarios diversos.

El viaje de su vida es una campaña de Unicef. Enlazar a campañas diversas, destinatarios diferentes en los enlaces, destinatarios distintos en las manos a las que llegarán, destino común. Hay un dibujo de nosotros que se nos hace reflejo en sombra.

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Así, cada localidad, cada comunidad, si bien no siempre a través de los gestores oficiales, sí a través de los movimientos personales, unidos. Destino común. Un puente de peldaños al aire que cruzamos juntos. Sostenido por cuerdas.

En el enlace siguiente, la página de la web SOS en red donde informan de los puntos recogida en todo el territorio, este territorio.

SOS en Red

Destino común, funambulistas sin red.

Ejercicios audiovisuales que abofetean. Gracias y enhorabuena. Gracias miles.

 

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